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viernes, 13 de agosto de 2010

Team Movistar: se busca jefe de filas


Reynolds, Banesto, Illes Balears, Caisse d´Epargne y ahora Team Movistar. Así se llamará a partir de la próxima temporada el equipo que dirige Eusebio Unzué. El conjunto español más laureado de la historia con siete Tour de Francia, conseguidos por Pedro Delgado (1988), Miguel Induráin (1991, 1992, 1993, 1994 y 1995) y Óscar Pereiro (2006).


Tras unos meses de incertidumbre, provocados por el anuncio de Caisse d´Epargne de no renovar el patrocinio, finalmente la formación española seguirá en el pelotón como la escuadra española más veterana (desde 1979). La aparición de Telefónica supone también, la entrada de una gran multinacional en el ciclismo y respaldando a un equipo español.


Buena noticia para el ciclismo español, tan necesitado de “sponsors”, pero la realidad es bien diferente. De momento, el futuro Team Movistar es un equipo sin un líder indiscutible, un jefe de filas de garantías. Hay que recordar que su mejor ciclista, Alejandro Valverde, se encuentra sancionado por su supuesta implicación en la “Operación Puerto” y no podrá correr hasta 2012.


Además, todo apunta a que otras figuras del equipo, como David Arroyo y Luis León Sánchez, no seguirán la temporada que viene en la escuadra española. El primero ha firmado contrato con Astaná, mientras que el corredor murciano se ha convertido en uno de los ciclistas más revalorizados y se lo "rifan" conjuntos como Rabobank o Sky, con los que ya estaría negociando. Por lo tanto, será muy difícil retenerle.


Durante el Tour de Francia, se habló del interés de Unzué por hacerse con los servicios de Alberto Contador, pero el fichaje de éste por Saxo Bank, tiró por tierra todas las esperanzas de volver a ver al madrileño corriendo en un equipo español. También se rumoreó sobre una posible oferta por Samuel Sánchez, pero el asturiano ha renovado con Euskaltel hasta el año 2012.


De esta forma, el Team Movistar busca un corredor que le permita afrontar la próxima temporada con garantías, sobre todo en las grandes vueltas. Sin embargo, el mercado no ofrece muchas posibilidades. Lo más lógico sería decantarse por un ciclista español, por motivos comerciales y por tradición (“Perico”, Induráin, Olano, “Chava” Jiménez, Valverde, Pereiro). Pero que nadie descarte ver a un corredor extranjero liderando el equipo español más potente. No sería la primera vez, el suizo Alex Zülle encabezó al Banesto en 1999 y 2000.

martes, 3 de agosto de 2010

Contador ficha por Saxo Bank. Inconvenientes


Alberto Contador correrá la próxima temporada en las filas del Saxo Bank-Sungard. Tras anunciar que no renovaría con Astaná la semana pasada y que escucharía ofertas, el ciclista de Pinto se ha decantado por la escuadra danesa, el actual equipo de los hermanos Schleck. Que no cunda el pánico, ninguno de los dos seguirá el año que viene.

Las negociaciones comenzaron durante el pasado Tour de Francia, lo cual resulta bastante controvertido, ya que ambas partes eran rivales directos en la lucha por la victoria. Desconozco las verdaderas razones por las que Alberto se marcha a Saxo Bank, pero tratándose del mejor ciclista de la actualidad, considero que no es la mejor opción por varios motivos.


Desde hace tiempo, el conjunto que dirige Bjarne Riis es uno de los más potentes del pelotón, pero con el paso del tiempo se ha ido debilitando. Algunos de sus corredores más importantes están próximos a la retirada (Voigt) y otros se marcharán (Cancellara). Un tricampeón del Tour de Francia necesita mayores garantías a la hora de defender su título. Contador ya tendrá en mente varios de los compañeros que le rodearán en su próxima aventura. Algunos como Dani Navarro o Benjamín Noval, podrían seguir sus pasos.


Saxo Bank, anteriormente CSC, fue el equipo donde Carlos Sastre consiguió su victoria en el Tour de Francia de 2008. Sin embargo, el abulense terminó saliendo del equipo de muy malas maneras. La relación con Bjarne Riis y los hermanos Schleck, deteriorada por los hechos ocurridos durante la etapa de Alpe D´Huez, donde Sastre cimentó su victoria, fue determinante para que Carlos decidiera cambiar de aires de cara a 2009.


Otra cuestión es la figura de Bjarne Riis. El director de Saxo Bank, reconoció en 2007, haberse dopado durante el Tour de 1996, donde consiguió la victoria, destronando a Miguel Induráin. Puede decirse que el navarro fue derrotado por un tramposo (aunque de no hacerlo Riis lo habría hecho otro) y eso me parece un verdadero sacrilegio. El corredor danés fue desposeído del triunfo y desde entonces su credibilidad está en entredicho. De esta forma, no me parece lo más inteligente asociarse con un personaje como Riis. Añadir también que el carácter conservador del director, choca con el de Contador, más batallador.


La llegada a un nuevo equipo siempre está rodeada de incertidumbre. Esperemos que los malos augurios se queden en eso, en pronósticos. Hay que estar tranquilos. Alberto Contador tiene ya la suficiente experiencia para saber lo que más le conviene. Ya ha vivido diversas situaciones, algunas muy complicadas, y al final siempre ha salido a flote. Por algo es el gran campeón que todos conocemos.

jueves, 22 de julio de 2010

Amigos para siempre


A estas horas muchos pensarán, decepcionados, que Contador debió vencer en la cima del Tourmalet. Otros, en cambio, opinarán que hizo lo correcto: dejarse ganar, como tantas veces hizo Induráin. Nunca se pondrán de acuerdo, al igual que con el incidente de la cadena en el Balés. Lo único claro, con la gloria o no de la etapa, es que Alberto tiene más de medio Tour en el bolsillo y sólo una hecatombe podrá hacer que lo pierda.

Era el día esperado por todos los aficionados, el caramelo más dulce. Por eso esta vez no hubo concesiones. Se formó una escapada, pero detrás se cocinaba el Tour. Estaba en juego el maillot amarillo y el premio incluía la victoria parcial. A la trascendencia de la etapa, se sumaron dos ingredientes especiales que otorgaban mayor épica: la lluvia y la niebla en la cima de los puertos.


Por el camino vimos el enésimo intento de Carlos Sastre en busca de la gloria y un susto monumental: Samuel Sánchez se fue al suelo y por unos instantes se temió por su continuidad en carrera. Por suerte, los ciclistas están hechos de otra pasta y el líder de Euskaltel se reincorporó a la carrera. Así se llegó al pie del Col du Tourmalet. Con el pelotón pisando los talones de los fugados. Sólo el campeón ruso, Kolobnev, oponía resistencia.


Saxo Bank marcaba el ritmo. Contador a rueda de su gran rival: “cuando tú quieras, Andy”. El luxemburgués no tardó en atacar, se sentía pletórico. Tras él, el sólido líder dispuesto a no ceder lo más mínimo. Un voluntarioso Joaquim Rodríguez intentó agarrarse a la dupla, pero tuvo que desistir, aquello era una locura, el aspirante había metido el “turbo”. La niebla comenzaba a apoderarse de la escena. Los dos amigos y adversarios solos, frente a frente, en la montaña.


Schleck se propuso marcar un ritmo axfisiante, constante, sin mirar atrás. Contador tenía que caer por agotamiento. Quedaban diez kilómetros para la meta, suficiente distancia para ganar el Tour. De vez en cuando, subía un puntito más la velocidad, pero el madrileño respondía a la perfección. Cualquier signo de debilidad, por pequeño que fuese, daría alas al maillot blanco, dispuesto a hacer saltar la banca. Al rato, Andy comenzó a hacer gestos con la cabeza, invitando a su rival a coger el relevo. Pero Alberto no quería saber nada, ni siquiera le miraba. Era una guerra psicológica.


A tres kilómetros del final, el de Pinto lanzó su único ataque, tal vez con la intención de aplacar al menor de los Schleck y que desistiera en su ofensiva. Los dos se presentaron en la cima del Tourmalet, majestuoso, abarrotado de público. Ganó Andy, con el beneplácito de Contador. A lo mejor pensaba en cerrar definitivamente la herida del día de la cadena (si es que estaba obligado), templar los ánimos y los pitos en el podio o simplemente le pareció que disputar y ganar la etapa no era de caballeros. Sea como sea, la tercera corona en París está más cerca. Sólo son tres días.

martes, 20 de julio de 2010

La última fuga



Lance Armstrong está recuperando durante este Tour, sensaciones ya olvidadas. Aquellas que sentía antes de padecer cáncer, cuando todavía no era aquel ciclista indestructible. Largas jornadas sin otra motivación que llegar a meta evitando el fuera de control, esperando tu oportunidad, el momento de gloria. Como en Verdún en 1993, cuando consiguió su primera etapa, o en Limoges dos años después, donde dedicaba la victoria a su compañero Fabio Casartelli, fallecido días atrás en una fatídica caída.


Hoy volvía a ser el día. El americano se coló en la escapada buena. Por delante cuatro de las grandes cimas pirenaicas: Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque. Durante el recorrido, Lance tuvo tiempo de despedirse, recordando los buenos tiempos: su ataque en Sestriere en el 99, el primero de sus siete Tours. Año 2000, coronando el Mont Ventoux junto a Pantani. Camino de Alpe D´Huez en 2001, donde simuló pasar un mal día para rematar a Ullrich más tarde. La ascensión a La Mongie en 2002, codo a codo con Beloki. En Luz Ardiden donde pasó del suelo al cielo en unos instantes en 2003, el Tour más difícil de todos. Certificando el sexto, en Plateau de Beille (2004). Cerrando el hito de los siete consecutivos en Courchevel (2005).


Este será el último Tour para Armstrong. Muchos no entendieron su regreso a la competición el año pasado. Algunos psicólogos aseguran que Lance necesitaba volver para sentirse derrotado, se sentía insatisfecho. Suena irónico. Tras ganar su séptimo Tour consecutivo, el texano decidió retirarse invicto. Todos los grandes: Anquetil, Merckx, Hinault, Induráin probaron el sabor de la derrota, todos hincaron la rodilla tarde o temprano, así entendieron que el momento de marcharse había llegado. Tras este año, Lance podrá irse tranquilo, está aprendiendo a perder, redescubriendo otro Tour, el de los jornaleros.


Hombres como Carlos Barredo, que aún no han probado las mieles del éxito en la ronda gala. El asturiano saltó del grupo de cabeza a más de 30 kilómetros de la meta. Rodando en solitario por la carretera, su ventaja nunca superó el minuto. Finalmente, fue capturado al paso por la pancarta de los últimos mil metros. El final más cruel para un escapado. Horas remando para morir en la orilla. En Pau fue Pierrick Fedrigo el que levantó los brazos. Sexta victoria francesa en este Tour en la ciudad más “española”: ocho victorias parciales para los nuestros a lo largo de la historia.


Mañana toca descanso antes de afrontar el esperado final de etapa en Tourmalet. Contador y Schleck volvieron a vigilarse de cerca, tras el “cadenazo” de ayer. En la mente de Alberto sólo cabe aferrarse al amarillo y coronarse por tercera vez en París. Dentro de Andy hay unas ganas tremendas de desquitarse. Rabia y bilis en el estómago, mucha bilis.

sábado, 17 de julio de 2010

Golpe de autoridad



Ayer, 16 de julio, el gran Miguel Induráin celebraba su 46º cumpleaños. Cuando el navarro cumplía los 31, se encontraba a punto de conseguir su 4º Tour consecutivo. Con esa misma edad (31) Joaquim Rodríguez Oliver está descubriendo el Tour de Francia. "Purito", como todos le conocen, nuncá había corrido la ronda gala. Su anterior equipo, el Caisse d´Epargne no le había brindado la oportunidad, a pesar de hacer méritos de sobra. Harto de esperar año tras otro la llamada para ir a Francia, el catalán se marchó al Katusha, un equipo ruso. Sólo ha habido que esperar medio Tour, para que todos sepan como las gasta Joaquim.

Mende es un final que tiene algo especial. Sin ser considerado uno de los grandes puertos (es de 2ª categoría) por su poca longitud, tiene un desnivel medio de un 10% y algunas de sus rampas llegan hasta el 14%. Si a esto le sumamos una etapa larga con continuas subidas y bajadas, se convierte en un verdadero "rompepiernas". La cima, situada en un aeródromo, tuvo su bautizo de fuego el 14 de julio de 1995, fecha en la que Jalabert remató con la victoria de etapa, una exhibición de su equipo, la ONCE, poniendo en jaque al mismísmo Induráin. Desde entonces, Mende lleva el sobrenombre de "Cima Laurent Jalabert".

La 12ª etapa de este Tour 2010, reducido a una lucha entre Andy Schleck y Alberto Contador, era una buena ocasión para que los dos aspirantes midieran sus fuerzas antes de los Pirineos. La fuga del día, formada por Vinokourov, Kloden, Kiryenka y Hesjedal, parecía que nos daría el vencedor y ese hubiera sido el corredor kazajo de no ser por Joaquim Rodríguez. Al ataque de "Purito" a tres kilómetros para el final, respondió Contador para proteger a su compañero y por que no, para anotarse él mismo la victoria. A rueda del madrileño debió salir el maillot amarillo, Andy Schleck, pero no fue así. El luxemburgués se quedó clavado y empezó a temer por su preciada prenda y quizás, también por el Tour.

Era una de esas "arrancadas" típicas de Alberto. La misma que fue su carta de presentación en en el mítico Galibier, en 2007; ese "latigazo" que soltó una, dos, tres y hasta cuatro veces contra Michael Rasmussen en Peyresoure, el mismo año; ese cambio de ritmo que le acercaba a su segundo Tour en Verbier, la pasada edición. El bueno de Joaquim, se agarró al tren sabiendo que si aguantaba unos metros más, le esperaba el final en lleno. Vinokourov sólo pudo ver pesar a los dos y desearles suerte. Más atrás, Andy sufría e intentaba recomponerse.

Al pasar por la pancarta del último kilómetro, "Purito" ofreció a Contador su colaboración a cambio de la etapa. El de Pinto movió la cabeza de un lado a otro, en horizontal. No había acuerdo. El líder del Astaná sabía que la etapa era para "Vino" y no iba a regalar nada. Ya sabía lo que era ganar aquí (París-Niza 2007 y 2010) y quería repetir. Orgullo de campeón. En la larga y ancha recta de meta los dos españoles se "batieron" por ser el encargado de inaugurar el casillero de su país en este Tour. Salió vencedor Joaquim Rodríguez. Más rápido. Contador había preferido el triunfo parcial, a aumentar las diferencias con Schleck.

A final sólo fueron 10 segundos. Los mismos que Andy sacó en Morzine-Avoriaz. Una diferencia insignificante. Pero esta vez es distinto. Fue un aviso, un golpe psicológico. El luxemburgués tenía la esperanza de que Contador no era el mismo del año pasado. Como él decía, le veía con altibajos. Ahora ya lo sabe. Alberto está preparado para la batalla. Ha estado esperando durante dos semanas y ahora es el momento. Esto es sólo un anticipo de lo que nos espera.

jueves, 15 de julio de 2010

Momentos épicos: Chiapucci, el insurrecto


Grandes cabalgadas. Recorrer kilómetros y kilómetros en solitario. Más de cinco horas de escapada sobre la bicicleta, sin importar el mañana. Hombres valientes, sin miedo a desfallecer, dispuestos a morir en el intento. Llevar el cuerpo más allá de sus límites. Todo ello bajo un sol abrasador, sobre el asfalto derretido. El escenario idóneo para la épica. Es el Tour de Francia, por eso atrae a tanta gente.

Tour de Francia de 1992. 13ª etapa: Saint-Gervais-Sestriere. 254 kilómetros con cinco puertos para echarse a temblar. El líder era el francés Pascal Lino, pero su liderato era pasajero. Aún estaba presente la “masacre” de Miguel Induráin en la contrarreloj de Luxemburgo, donde completa los 64 kilómetros a más de 49 km/h de media. Allí es bautizado como “El Extraterrestre”. Les saca a todos más de tres minutos. Todos los ciclistas parecían rendirse al poderío del navarro, excepto uno: Claudio Chiapucci.


El segundo clasificado de las dos ediciones anteriores había marcado esa etapa en su hoja de ruta. La jornada finalizaba en territorio italiano, su casa, y eso le motivaba aún más. Chiapucci atacó a los pocos kilómetros de darse la salida. Nadie daba crédito ante tal insensatez. En su escapada le acompañaban varios corredores que más tarde irán quedándose por el camino. Suben el primer puerto del día: el Col de Saissies. El pelotón rodaba tranquilo a más de un minuto.


A continuación afrontan el Cormet de Roseland. Claudio era el líder de la montaña, el maillot de lunares rojos. Todavía llevaba puesto el casco (entonces no era obligatorio), estaba dispuesto a arriesgar también en los descensos. Algunos como Pedro Delgado, cuentan que no daban un duro por el italiano, pensaban que era hombre muerto, que tarde o temprano le alcanzarían totalmente desfallecido.


El grupo de cabeza coronaba el Roseland con tres minutos de adelanto sobre el grupo de Induráin, el cual no parecía preocupado. Siguiente ascensión: el Iseran (el techo del Tour con sus 2.700 metros de altitud) y Chiapucci aumenta el ritmo, nadie puede seguirle. “El Diablo”, en solitario, se crecía con el paso de los kilómetros. Cuenta la leyenda que aquel día Claudio se hizo todas sus necesidades encima, en el culotte. Nada le detendría.


Subiendo Mont-Cenis, la locura del italiano comenzaba a cobrar sentido. Se había quitado el casco y ya era el maillot amarillo virtual. Su objetivo ya no se limitaba ganar la etapa, ahora iba a por el Tour. Todo o nada. Miguel Induráin y Gianni Bugno, compatriota de Chiapucci, comenzaban a despertar de su letargo. Pero Claudio no parecía flaquear, era un hombre que no cedía, era incombustible. Las diferencias ya eran alarmantes, rondando los cuatro minutos. El líder, Pascal Lino, arrojaba la toalla.


Quedaba la última ascensión: Sestriere. Por primera vez, Chiapucci parecía acusar el tremendo esfuerzo realizado, pero allí estaban los tifosi, su gente, para llevarle hasta la cima. Por detrás, Induráin había metido la directa y se había deshecho de Bugno. El español comenzaba a recortar diferencias a pasos agigantados, cada pedalada le acercaba aún más a su objetivo. Si seguía con esa progresión acabaría alcanzando a Claudio, el cual cada vez parecía más demacrado, sin aliento.


Pero “El Diablo” iba a sacar fuerzas de flaqueza, no estaba dispuesto a morir en la orilla. En los kilómetros finales se vino arriba, abriéndose paso entre la multitud que había acudido a Sestriere. Los últimos metros los recorrió alzando el puño y llorando de alegría, era totalmente consciente de la hazaña que estaba protagonizando. Los italianos se volvían locos.


Por fin llegaba a la meta con los brazos en alto. Victoria. A casi dos minutos entraba Induráin, sufriendo un ligero desfallecimiento. El navarro era el nuevo líder y Chiapucci se colocaba segundo. Pero eso a Claudio no le importaba, su gesta había pasado a la historia del Tour de Francia y eso significaba más que el maillot amarillo. “El Diablo” ya era eterno.

jueves, 8 de julio de 2010

Momentos épicos: un día de furia


Relato de Javier García Sánchez sobre la 7ª etapa del Tour de Francia de 1995: Charleroi-Lieja.

Algunos corredores sin opciones al triunfo final se habían colocado por delante, pero se mantenían a la vista. El águila imperial sacó las garras. En efecto, por la Côte du Rosier la silueta que buscaba Miguel, Rominger, había desaparecido. Pero no se había descolgado en un sentido literal, sino que solo andaba justillo, despistado, y por eso se rezagaba unos pocos metros en cada cuesta. Berzin, en cambio, más joven y batallador, iba siempre pegado literalmente a su rueda.

Miguel decidió. Mandó tirar a sus hombres. Un silbido. Sin mirar atrás. Una palabra en clave. Sobre todo a Monchu González Arrieta. La carretera se empinaba, el sol brillaba más que nunca en los últimos cinco años. Así llegó el Mont Theux, apenas tres kilómetros al 5,7 % de desnivel. Miguel dio la orden a Monchu: “Fuerte, fuerte”. Berzin abrió la boca, resopló, su tubular se separó un par de metros de la Pinarello blanca de Miguel. El navarro llevaba un 53x19-21. Era hora de destrozar. Clavó el piñón de 17, elevó el tronco, demarró con fiereza, hasta el punto de que rebasó a varios corredores que iban por delante, y lo hizo como una exhalación. Lo último que vimos de él fue que tenía que sortear a una de las motos de la carrera.


Al fondo, un pelotón incrédulo era incapaz de responder a aquel ataque con toda la artillería. El milagro se consumó entre el Mont Theux y la Côte des Forges, otros dos kilómetros al 5,8 %. Fue visto y no visto. Por detrás nadie se decidía a organizar el contraataque, la caza. Miguel no elevó la vista para nada, siempre con la barbilla en el manillar. No se volvió ni una vez. Dejó a Eric Boyer como un trapo, alcanzó a Bruyneel, que iba por delante, y se puso a pedalear como un poseso. Una vez más. Ésta sí: era la crono de su vida. Por detrás, la jauría.


Nadie entendía aquello. ¿Cómo el máximo favorito se atrevía a semejante cosa? En la sala de prensa, a los franceses se les quedaba la cara de besugo. Bruyneel, medio ahogado, se acercó al navarro y le dijo al oído: “Entiéndelo, no puedo tirar, llevo a mis jefes detrás” Más tarde reconocería que aquella experiencia había sido única en su vida de ciclista: He creído ir 25 kilómetros detrás de una moto, a 50 por hora”. Por supuesto que Miguel ni siquiera le miró. Por supuesto que nunca le reprochó que no le diese ni un relevo. Por supuesto que los favoritos, una vez que hubieran decidido unir sus fuerzas con las de los gregarios elegidos, aún debían de dudar: “Pero, ¿qué ha hecho ese loco?” Al día siguiente venía la exigente crono de Huy, y dos días más tarde, los Alpes. ¿Qué pretendía Induráin al atacar a muerte en terreno llano y en Bélgica?


Nadie sabía que meses atrás Miguel había reconocido ese mismo terreno en ocasión de la Lieja-Bastogne-Lieja. El golpe de gracia estaba medido. Una jugada de ajedrez maestra, irrepetible. Para cuando todos quisieron darse cuenta, el corredor navarro estaba a casi un minuto. Justo lo que ninguno de los favoritos deseaba, que el navarro saliese en la crono del día siguiente vestido de amarillo, iba a producirse, para pánico y espanto –y sobre todo desánimo – de unos y otros.


Sin embargo, aquellos 30 kilómetros hasta Lieja, con Induráin perseguido por lo mejor del pelotón internacional, que no sólo no podía darle alcance sino que veía aumentar su diferencia a cada pedalada, pertenecen a la épica de la historia del ciclismo. Eso era algo que hasta la fecha sólo se habían atrevido a hacer los grandes campeones: Coppi, Merckx, Hinault. Ni siquiera Anquetil, más cerebral.


¿No querían “panache” los franceses? ¿No querían una muestra de genio, improvisación, riesgo, rabia? Ahí la tenían, a modo de despedida. Porque Induráin estaba sentenciando el Tour antes incluso de la primera etapa contrarreloj, antes de la primera montaña. Lo nunca visto. Atrevámonos a decirlo con la cabeza bien alta: Ni Coppi, ni Merckx, ni Hinault, ni Anquetil se habían atrevido a eso después de haber logrado cuatro Tours y estar en el punto de mira de todos.

domingo, 4 de julio de 2010

Momentos épicos: 1989, un Tour de película


Si el mismísimo Steven Spielberg, decidiera realizar una superproducción sobre el Tour de Francia, no habría la menor duda de que lo haría sobre la edición del año 1989. Aquel año se registró la menor diferencia entre el ganador y el segundo clasificado en la historia de la carrera. La película tendría tres actores principales: un francés, Laurent Fignon; un norteamericano, Greg Lemond; y un español, Pedro Delgado.

Estos tres ciclistas ya sabían lo que era vencer en la ronda francesa. Fignon asombró al mundo con su irrupción en 1983, donde se hizo con la victoria. Más sorprendente fue su triunfo al año siguiente, donde derrotó a su compatriota, el gran Bernard Hinault. Los problemas físicos impidieron al parisino rendir al máximo en los años posteriores.

LeMond ganador en 1986, volvía a la élite tras un desafortunado accidente de caza. En el invierno de 1987, su cuñado le disparaba al confundirle con un ciervo. En un primer momento se temió por su prometedora carrera, pero tras una larga recuperación volvía a la competición. Sin embargo, todos coincidieron en que LeMond no era el mismo, se había vuelto más conservador.

Tras varios años intentándolo, Delgado se alzó con el Tour de Francia de 1988. El del Reynolds se ganó a toda la afición española, por su forma de correr tan espectacular y valiente. Acababa de lograr su segunda Vuelta a España y se presentaba en la salida como el rival a batir.

La carrera comenzó con la etapa prólogo. Una contrarreloj de 8 kilómetros en Luxemburgo. Allí presenciamos una de las mayores anécdotas de la historia de la prueba. Pedro Delgado, llegaba 2 minutos y 40 segundos tarde a la salida por un despiste y comenzaba la competición en último lugar. El golpe fue durísimo para el segoviano, que al día siguiente se hundiría todavía más en la contrarreloj por equipos. Delgado se encontraba a más de 7 minutos en la general y con la moral por los suelos.

Siguiendo un guión cinematográfico, durante las tres semanas de aquel julio del 89 se vieron dos tramas bien diferenciadas: Por un lado estaba la lucha por el primer puesto entre LeMond y Fignon. Los dos ciclistas se “turnaban” el maillot amarillo en los Alpes y Los Pirineos. Por otro lado, presenciamos la lucha desesperada de “Perico” Delgado, ya recuperado, por subir posiciones en la general. Por el camino contemplamos a un jovencísimo Miguel Induráin venciendo por primera vez en una etapa de la ronda gala.

Fignon se mostraba mucho más combativo que LeMond. El francés siempre se caracterizó por ser un ciclista imprevisible, atacaba en cualquier terreno. El americano por su parte era más frío y calculador, arriesgaba lo mínimo y lo fiaba todo a sus grandes prestaciones en la lucha individual contra el cronómetro. En la subida a Alpe D´Huez, Laurent Fignon se hacía con el liderato y al día siguiente se reafirmaba con un ataque totalmente inesperado.

La etapa final una contrarreloj de 25 kilómetros por las calles de París, fue el escenario de la lucha dramática entre Fignon y LeMond. El francés partía con el maillot de líder con 50 segundos sobre el americano, todo parecía indicar que el soberbio Laurent sería coronado por tercera vez en los Campos Elíseos. A falta de 5 kilómetros para la conclusión, la ventaja de Fignon se había reducido considerablemente. LeMond soñaba con la victoria.

Cuando el francés cruzó la línea de meta se derrumbó, había perdido el Tour por 8 segundos. El americano por el contrario, estaba en una nube, era el nuevo ganador del Tour de Francia. El tercer lugar lo ocuparía Pedro Delgado, protagonista de una memorable remontada desde la última hasta la tercera posición. Señor Spielberg, aquí tiene su historia.