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martes, 20 de julio de 2010

La última fuga



Lance Armstrong está recuperando durante este Tour, sensaciones ya olvidadas. Aquellas que sentía antes de padecer cáncer, cuando todavía no era aquel ciclista indestructible. Largas jornadas sin otra motivación que llegar a meta evitando el fuera de control, esperando tu oportunidad, el momento de gloria. Como en Verdún en 1993, cuando consiguió su primera etapa, o en Limoges dos años después, donde dedicaba la victoria a su compañero Fabio Casartelli, fallecido días atrás en una fatídica caída.


Hoy volvía a ser el día. El americano se coló en la escapada buena. Por delante cuatro de las grandes cimas pirenaicas: Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque. Durante el recorrido, Lance tuvo tiempo de despedirse, recordando los buenos tiempos: su ataque en Sestriere en el 99, el primero de sus siete Tours. Año 2000, coronando el Mont Ventoux junto a Pantani. Camino de Alpe D´Huez en 2001, donde simuló pasar un mal día para rematar a Ullrich más tarde. La ascensión a La Mongie en 2002, codo a codo con Beloki. En Luz Ardiden donde pasó del suelo al cielo en unos instantes en 2003, el Tour más difícil de todos. Certificando el sexto, en Plateau de Beille (2004). Cerrando el hito de los siete consecutivos en Courchevel (2005).


Este será el último Tour para Armstrong. Muchos no entendieron su regreso a la competición el año pasado. Algunos psicólogos aseguran que Lance necesitaba volver para sentirse derrotado, se sentía insatisfecho. Suena irónico. Tras ganar su séptimo Tour consecutivo, el texano decidió retirarse invicto. Todos los grandes: Anquetil, Merckx, Hinault, Induráin probaron el sabor de la derrota, todos hincaron la rodilla tarde o temprano, así entendieron que el momento de marcharse había llegado. Tras este año, Lance podrá irse tranquilo, está aprendiendo a perder, redescubriendo otro Tour, el de los jornaleros.


Hombres como Carlos Barredo, que aún no han probado las mieles del éxito en la ronda gala. El asturiano saltó del grupo de cabeza a más de 30 kilómetros de la meta. Rodando en solitario por la carretera, su ventaja nunca superó el minuto. Finalmente, fue capturado al paso por la pancarta de los últimos mil metros. El final más cruel para un escapado. Horas remando para morir en la orilla. En Pau fue Pierrick Fedrigo el que levantó los brazos. Sexta victoria francesa en este Tour en la ciudad más “española”: ocho victorias parciales para los nuestros a lo largo de la historia.


Mañana toca descanso antes de afrontar el esperado final de etapa en Tourmalet. Contador y Schleck volvieron a vigilarse de cerca, tras el “cadenazo” de ayer. En la mente de Alberto sólo cabe aferrarse al amarillo y coronarse por tercera vez en París. Dentro de Andy hay unas ganas tremendas de desquitarse. Rabia y bilis en el estómago, mucha bilis.

jueves, 8 de julio de 2010

Momentos épicos: un día de furia


Relato de Javier García Sánchez sobre la 7ª etapa del Tour de Francia de 1995: Charleroi-Lieja.

Algunos corredores sin opciones al triunfo final se habían colocado por delante, pero se mantenían a la vista. El águila imperial sacó las garras. En efecto, por la Côte du Rosier la silueta que buscaba Miguel, Rominger, había desaparecido. Pero no se había descolgado en un sentido literal, sino que solo andaba justillo, despistado, y por eso se rezagaba unos pocos metros en cada cuesta. Berzin, en cambio, más joven y batallador, iba siempre pegado literalmente a su rueda.

Miguel decidió. Mandó tirar a sus hombres. Un silbido. Sin mirar atrás. Una palabra en clave. Sobre todo a Monchu González Arrieta. La carretera se empinaba, el sol brillaba más que nunca en los últimos cinco años. Así llegó el Mont Theux, apenas tres kilómetros al 5,7 % de desnivel. Miguel dio la orden a Monchu: “Fuerte, fuerte”. Berzin abrió la boca, resopló, su tubular se separó un par de metros de la Pinarello blanca de Miguel. El navarro llevaba un 53x19-21. Era hora de destrozar. Clavó el piñón de 17, elevó el tronco, demarró con fiereza, hasta el punto de que rebasó a varios corredores que iban por delante, y lo hizo como una exhalación. Lo último que vimos de él fue que tenía que sortear a una de las motos de la carrera.


Al fondo, un pelotón incrédulo era incapaz de responder a aquel ataque con toda la artillería. El milagro se consumó entre el Mont Theux y la Côte des Forges, otros dos kilómetros al 5,8 %. Fue visto y no visto. Por detrás nadie se decidía a organizar el contraataque, la caza. Miguel no elevó la vista para nada, siempre con la barbilla en el manillar. No se volvió ni una vez. Dejó a Eric Boyer como un trapo, alcanzó a Bruyneel, que iba por delante, y se puso a pedalear como un poseso. Una vez más. Ésta sí: era la crono de su vida. Por detrás, la jauría.


Nadie entendía aquello. ¿Cómo el máximo favorito se atrevía a semejante cosa? En la sala de prensa, a los franceses se les quedaba la cara de besugo. Bruyneel, medio ahogado, se acercó al navarro y le dijo al oído: “Entiéndelo, no puedo tirar, llevo a mis jefes detrás” Más tarde reconocería que aquella experiencia había sido única en su vida de ciclista: He creído ir 25 kilómetros detrás de una moto, a 50 por hora”. Por supuesto que Miguel ni siquiera le miró. Por supuesto que nunca le reprochó que no le diese ni un relevo. Por supuesto que los favoritos, una vez que hubieran decidido unir sus fuerzas con las de los gregarios elegidos, aún debían de dudar: “Pero, ¿qué ha hecho ese loco?” Al día siguiente venía la exigente crono de Huy, y dos días más tarde, los Alpes. ¿Qué pretendía Induráin al atacar a muerte en terreno llano y en Bélgica?


Nadie sabía que meses atrás Miguel había reconocido ese mismo terreno en ocasión de la Lieja-Bastogne-Lieja. El golpe de gracia estaba medido. Una jugada de ajedrez maestra, irrepetible. Para cuando todos quisieron darse cuenta, el corredor navarro estaba a casi un minuto. Justo lo que ninguno de los favoritos deseaba, que el navarro saliese en la crono del día siguiente vestido de amarillo, iba a producirse, para pánico y espanto –y sobre todo desánimo – de unos y otros.


Sin embargo, aquellos 30 kilómetros hasta Lieja, con Induráin perseguido por lo mejor del pelotón internacional, que no sólo no podía darle alcance sino que veía aumentar su diferencia a cada pedalada, pertenecen a la épica de la historia del ciclismo. Eso era algo que hasta la fecha sólo se habían atrevido a hacer los grandes campeones: Coppi, Merckx, Hinault. Ni siquiera Anquetil, más cerebral.


¿No querían “panache” los franceses? ¿No querían una muestra de genio, improvisación, riesgo, rabia? Ahí la tenían, a modo de despedida. Porque Induráin estaba sentenciando el Tour antes incluso de la primera etapa contrarreloj, antes de la primera montaña. Lo nunca visto. Atrevámonos a decirlo con la cabeza bien alta: Ni Coppi, ni Merckx, ni Hinault, ni Anquetil se habían atrevido a eso después de haber logrado cuatro Tours y estar en el punto de mira de todos.